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Carlos Ruiz Zafón: Crónica de un Nobel merecido



     ¿Dónde radica la excelencia literaria? ¿En pertenecer a una Academia? ¿En vender más que nadie? ¿En escribir mejor que tus coetáneos? ¿En crear historias inolvidables que perduren siglos más allá que tus pasos? ¿En tu forma de narrarlas?

     No seré yo, un humilde aprendiz de escritor, cual David Martín en sus ilusos y adolescentes orígenes de una sombría Barcelona barroca, el que tome la vital decisión que suponga el juicio de escritores contemporáneos de talla semejante a los que este siglo y el pasado han engalanado nuestros oídos con sus obras maestras. No seré yo, un miserable encantador de serpientes y castigador de teclas, el que decida quién merece o no tan distinguido galardón, válgame el cielo.



     Aquí me limito a hablar de un hombre que llegó para formar parte de nuestras vidas y, usando los alter-ego que más duelen, nos muestra en sus novelas una infancia cargada de ilusiones y expectativas que nunca llegó, personajes que nos gritan desde dentro lo que debimos hacer y cómo, protagonistas que nos susurran al oído mientras nos dejamos sumergir por una narrativa que en otro siglo, más civilizado y elegante, se hubiese catalogado de insuperable. Una pluma que hubiera hecho encolerizar a Baudelaire, enmudecer a Fitzgerald o llorar a Wilde. Un creador de historias que nos trae la nostalgia, como cicatrices de nuestros recuerdos que son, para recordarnos que los peores episodios españoles del siglo veinte seguirán vivos para siempre en nuestro recuerdo, y gracias a las andanzas y desventuras de quienes sacaron la sonrisa entre tanta ceniza.

     Le debemos, a usted y solo a usted, el imaginario y maravilloso viaje en el tiempo que nos brinda para elegir entre ser David o Daniel, aunque muchos otros se decidirán por el incorruptible Fermín.

     Le debemos, a usted y solo a usted, el haber logrado que nos enamoremos de Bea, Clara, Isabella, Cristina,... Y el habernos hecho sonrosar como preadolescentes de nuevo, y llorar como plañideras una tarde de domingo.

     Le debemos, a usted y solo a usted, el querer más y más y más y más... y sentir las tinieblas que supone terminar una (cualquiera) de sus novelas.

     Le debo, yo personalmente, y creo que hablo en nombre de la comunidad de escritores noveles que sueñan con ver sus libros en estanterías de desconocidos, el indicarme (indicarnos) que el listón como mago de las letras está más alto de lo que jamás hubiésemos soñado. Le comunico, y sé que le hará sonreír, que afrontaremos este angosto camino que vislumbramos llenos de esperanza, de deseos de mejora, de luz al final del túnel, con las ganas que una empresa de semejante magnitud solicita.

     Le comparan los críticos que se creen los más críticos del mundo literario con Borges, Cervantes y García Marquez. Qué lástima por ellos, que no le hayan leído con la intensidad y pausa que requieren sus obras. Situarle a la altura de esos genios no es halago sino falta de justicia, como lo sería que la Academia le obsequiase con el mismo insulto que brindó al maestro Jorge Luis. Porque desde que usted plasmó la primera palabra sobre su primer libro, no ha hecho más que escribir la que es la mayor crónica de un Nobel anunciado, merecido y trabajado que se recuerde.

     Se lo concedan o no, y que usted y yo lo veamos, no valdrá una ínfima parte de lo que su legado dejará al mundo (y a mi persona). Y me despido con un gracias, aunque no pueda dárselas jamás en persona, gracias por todo.

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